Mozo, ¿me ayudas a cruzar la calle?

Inocentes, tiernas y con toda naturalidad, como quien no quiere la cosa. Sus ojos, como de depredador, buscan inquietos una joven y robusta víctima a la que hincar el diente. O más bien para agarrarla del brazo, que no hablamos de Caperucita y el lobo. Acechan con el pretexto de necesitar ayuda y una vez te atrapan, su conversación las vuelve enternecedoramente irresistibles. Se trata de una especie en crecimiento exponencial: abuelitas, de las que piden ayuda para cruzar.

Sus ojos captan la salida de un joven de la biblioteca. “Oye, ¿vas pa’ arriba?”, y antes de recibir respuesta ella ya se adelanta “pues mira tú por dónde, me vas a acercar a la parroquia, que te pilla de paso”. Así, casi sin preguntar, te engancha y se presenta Doña Marisa, una de esas abuelitas necesitadas de cariño que nunca falta a su misa diaria ni a su rosario. Frente a ella, el joven de turno puede negarle la ayuda, cumplir con resignación o intentar hacerla un poco feliz. Y eso último parece fácil: sólo necesita que la escuchen. Quizá esa conversación sea la única que Marisa, 88 años y viuda, tenga en todo el día.

Caminar con ella es muy liviano. Es de esas personas tan dicharacheras que cuentan su vida con toda la confianza del mundo. En esos detalles se nota mucho el salto generacional y la experiencia… Su reciente operación de rodilla y las nubes que amenazan lluvia son la razón de sus quejas. Le duelen demasiado las piernas como para enfrentarse a la cuesta sola. “Pero no te creas que me falta juerga. El obispo me dice que no me vio el sábado en la discoteca, y claro. Yo le digo que yo solo paso a la zona VIP, que por eso no me ve”.

Marisa es natural de Valladolid y, en su juventud, estudió 4 años de medicina, pero la enfermedad de su madre le hizo renunciar a la carrera universitaria. “Era más necesaria en casa.” No obstante, no se lamenta por esas asignaturas que dejó pendientes. Su vida siguió entonces un rumbo más tradicional para la época, pero no deja de admitir que ha sido muy feliz. Se casó con un carnicero, y tuvo dos hijos.

La memoria y el sentido del humor de esta señora están intactos: conoce todo el barrio y sus gentes, y con su simpatía les atrae. Y aunque las grandes ciudades del sur de Madrid no tienen nada que ver con lo ancha que es su Castilla, no le hace falta preguntar eso de “¿Y tú, de quién eres?”. Ella lo afirma directamente, sabiduría de pueblo.

Aunque esa tarde esté necesitando ayuda para llegar a su vespertina cita diaria con los oficios, Marisa es una luchadora. En el paseo, breve de distancia pero largo por el ritmo, tiene tiempo incluso de confesar sus miedos, victorias y derrotas. Hace ya algunos años que derrotó al cáncer, pero ahora son sus hijos quienes lo enfrentan. “El mayor, gracias a Dios, ya se ha curao’, pero la pequeña… está ahora de médicos”. Su carácter extrovertido se torna entonces serio y preocupado. Se le escapan las lágrimas, pero balbuceando trata de expresar confianza en que todo saldrá bien. Quiere autoconvencerse, encomendarse y creerlo.

Los escasos 200 metros que separaban la biblioteca de la parroquia terminan. Cuando uno acompaña a Marisa, se asegura de dejarla ya sentada en su banco antes de sus rezos. La sinceridad de sus confesiones y su gancho, como buena abuelita tierna, obligan moralmente a hacerlo. Y allí, en su terreno, las cuestas ya no importan. Hasta podría decirse que ella manda, porque el cura la recibe con los brazos abiertos. “¡Doña Marisa! ¡Hemos cambiado la megafonía! ¿La probamos a ver si ahora se entera mejor del sermón?”. Y allí se queda ella, en su salsa, satisfecha, contenta y agradecida.

Antes de despedirse, Marisa juega su último detalle con el que encandila definitivamente. Comienza a buscar en su bolso hasta encontrar un bolígrafo y una estampa, de Sor Eusebia Palomino (que llama la atención por ser completamente desconocida). La sella con su firma, que deja leer con letra temblorosa: “Con cariño de María Isabel”. Llegado ese momento, seguramente ya ha dejado huella en ti para siempre.

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