Si Lusa hubiera perdido el tren

Si Lusa Guerrero hubiera perdido el tren a Sevilla, nunca habría llegado a tiempo al II Congreso de Autoedición.

Era miércoles al mediodía. Lusa (Luz) Guerrero corría tan rápido como podía a través de la multitud que se agolpaba en el embarque del AVE. La noche anterior había obtenido por fin la respuesta afirmativa del congreso de autoedición más importante de España: ella sería ponente. En apenas unas horas, la escritora y editora tuvo que organizar su viaje, alquilar una modesta habitación de hotel y contratar a una comunicadora, pues un desdichado incidente de salud le había costado el pleno control de sus cuerdas vocales. Las prisas y los contratiempos fueron los responsables de un error en el billete de Lusa… De nada le servía demostrar que era madre soltera de cinco hijos, pues su carné de Familia Numerosa había caducado, y con él, el billete con descuento que ya no era sino papel mojado.

Si no hubiera podido cambiar ese billete a tiempo, aquella tarde no habría podido vestir sus más elegantes galas, acudir a la bien conocida brasería la Quinta para la presentación del Congreso y conocer a Manuel Salgado, dueño de Ediciones Per Se. Los intereses comunes de ambos, su preocupación por la promoción de autores indies y nóveles, y las anécdotas que se convirtieron en el crisol de una verdadera amistad, no habrían tenido lugar. Jamás habrían hecho un pacto empresarial de promoción mutua.

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Si los cinco escasos minutos que había se hubieran acortado aún más, ya fuera por el desinterés de la trabajadora de Renfe o por los improperios de un cliente malhumorado en los inicios de la cola… Lusa no habría podido recoger subir al tren, llegar al Antiquarium y recoger su acreditación. No habría escuchado a los representantes de Google, Amazon, Círculo Rojo o Samarcanda hablar sobre la idílica vida del escritor que busca a las musas y se reafirma en su arte. No habría escuchado el cotilleo de que Círculo Rojo y Punto Rojo eran al principio la misma empresa editorial, pero se separó por disputas entre los dos hermanos fundadores. No habría compartido tarima con su comunicadora ni habría difundido su mensaje: “LOS ESCRITORES SON EL ÚLTIMO MONO DEL PROCESO LITERARIO”. En la diapositiva de la presentación: “Los escritores de hoy en día no solo se dedican a escribir ni viven de la escritura. Se ven obligados a convertirse en vendedores, economistas, maquetadores, correctores, community managers y publicistas para poder sacar adelante sus obras”. En su boca (a pesar de tener la garganta hecha añicos), las palabras: “Estamos hartos de que nos doren la píldora. Las editoriales no nos van a ayudar, por eso los escritores tenemos que cooperar entre nosotros, compartir nuestras fortalezas y dejar de vernos como enemigos”. Aquel mensaje despertó en el público las preguntas más incisivas que se habían planteado en lo que se llevaba de congreso.

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Si Lusa hubiera decidido comprarse la comida en la estación y esperar en la interminable cola, en lugar de llevar un bocadillo de pavo casero, habría perdido el tren a Sevilla, y no habría recibido las tarjetas de decenas y decenas de escritores que compartían su proyecto, y el club de Adictos a la Lectura no habría tenido ni colaboradores ni adeptos.

Pero Lusa no perdió el tren.

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